28 abril 2018

Derecho humano al agua: más que tenerla en la tubería

La noche del 26 de julio de 2018 los vecinos de las comunidades ubicadas alrededor del Palacio de Miraflores, vivienda oficial del presidente de Venezuela, ejercieron una protesta por varias horas por cumplirse dos semanas sin servicio de agua. Algunos se retiraron después de la llegada de la Guardia Nacional, así como la promesa de aumentar el número de cisternas, pero otros vecinos se movilizaron hacia otra esquina para continuar con el reclamo. Especialmente quienes son dirigentes vecinales que aspiran a cambios más estructurales.
La causa del reclamo vecinal es de vieja data. Caraqueños se han quejado de agua “con olor a piscina” por el exceso de cloro para su potabilización, e incluso de una terrible combinación de líquido marrón con terrible sabor que también huele al mencionado químico, lo que proviene de fuentes tan contaminadas y plantas obsoletas que no permiten su tratamiento suficiente.
En Carabobo y Aragua el drama empeora: comunidades que han sido desalojadas por la crecida del Lago de Valencia, otras más amenazas con calles inundadas por cloacas y un líquido de insoportables características desde hace muchos años. Para la expresidente de Hidrocentro, Luigina Cercio, quien ejerció el puesto por diez años hasta 2017, el agua siempre fue potable a pesar de que los parámetros de calidad publicados por la web del propio ente mostraban exceso o insuficiencia en aluminio y cloro, dependiente del mes y si se enviaba hacia Aragua, Carabobo o Caracas.
La escasez de este servicio público en Venezuela fue descrita en una crónica de Gabriel García Márquez llamada “Caracas sin agua” para el diario El Nacional en 1958. El país no había sufrido una escasez tan larga ni profunda desde entonces, como ha comentado el profesor Alejandro Álvarez Iragorry de la Coalición Clima 21. Porque el acceso al agua es un derecho humano con una clarísima relación con el ambiente. Reclamarla no es sólo exigir que salga por la tubería.
La frase “sin árboles no hay agua” se usa para recordar que la deforestación de las cuencas de los ríos para aprovechar la madera, extraer minerales, establecer un sembradío o construir edificios y autopistas, reduce la capacidad natural de cumplir el ciclo del agua: cae desde el cielo, es absorbida por el suelo y así permea a quebradas, manantiales, ríos, lagos y lagunas para ser consumida, antes de ser evaporada e iniciar de nuevo, infinitamente.
Para beberla el ser humano, desde la antigüedad, ha erigido sus ciudades en las riberas de los ríos. Al crecer, se desarrollaron los acueductos para llevarla lejos de estos o poder repartir la abundancia de un lugar hacia la escasez hídrica de otros con riquezas distintas, pero también encargarse de trasladarla cuando está sucia por su uso. Las cloacas entonces se llevan los desperdicios humanos, el agua contaminada por procesos industriales o agrícolas, la usada en comercios, hospitales o clubes deportivos.
Pero no siempre sucede así, lo que lleva a construir embalses, potabilizadoras y colectores para gestionar el agua, mientras que otras veces las contaminadas terminan, por acción u omisión, en las fuentes de agua, iniciando un ciclo perverso: ecosistemas, animales, plantas y seres humanos se ven negativamente impactados por las impurezas del agua, se disminuye su accesibilidad y calidad, se encarece su tratamiento y se reducen los beneficiados.
Personalmente siempre trato de ahorrar agua: descongelamos el pollo sumergiéndolo en un envase por muchas horas sin el grifo abierto, me doy duchas cortas y le digo a mi sobrina que siempre cierre el agua mientras se cepilla los dientes, "para que los animalitos no se queden sin agua para beber". Como vecino del sur de Maracay y ahora de Palo Negro, así como reportero, conozco el drama de las inundaciones producto del Lago de Valencia.
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Fuente: Tomada con mi iPhone 4 en un reportaje en Aguacatal, cerca del Lago de Valencia en Maracay
El deber ser
El 28 de julio de 2010, a través de la Resolución 64/292, la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció explícitamente el derecho humano al agua y al saneamiento, reafirmando que un agua potable limpia y el saneamiento son esenciales para la realización de todos los derechos humanos como la salud, alimentación o la vida.
Entender el alcance de este derecho puede ser complejo, porque no basta tener agua por la tubería sino que tiene que cumplir ciertas condiciones para poder ejercerse.
Para la ONU significa que esta debe ser suficiente (entre 50 y 100 litros diarios por persona), saludable (sin microorganismos, químicos y radiactividad que impliquen peligros), aceptable (en color, sabor y olor mientras que el servicio debe estar adaptado a la cultura, ciclo de la vida, con sensibilidad de género y privacidad) y asequible (no más del 3% de los ingresos domésticos).
Es decir, que hay que tener agua para todas las actividades humanas con consideración de hábitos y diversidad humana, lo que implica respetar horarios, por ejemplo y que esté apropiadamente potabilizada, no siendo por esto demasiado cara. Todos estos aspectos son vulnerados actualmente en Venezuela, incluso con relación al costo, porque los precios de las cisternas y de los botellones de agua además de altos, están igualmente alterados por la hiperinflación. En las comunidades populares y clase media hay dificultades para costear el suministro necesario.
En ese enlace de la ONU se pueden conocer otras iniciativas legislativas de la ONU, conocer curiosidades sobre las dificultades en el acceso al agua en Asia y África, en comparación con Europa, así como materiales divulgativos para la educación e informes de sus relatores especiales sobre diversos aspectos del agua.
Para Humanium, una ONG internacional enfocada en los derechos de los niños, el agua debe ser suficiente, accesible, de calidad, estable y fiable para usos personales y domésticos como cocinar, la higiene, el saneamiento para la limpieza y los baños, la agricultura, la ganadería y el consumo directo. Esto debe incluir lugares públicos como escuelas y sitios de trabajo.
Y resaltan la importancia del agua para la salud, desarrollo, dignidad y educación de los niños, alertando sobre los daños causados por la deshidratación, especialmente en bebés y la desigualdad de género emanada por la vulneración del derecho a la dignidad por la desescolarización de niñas ante la falta de baños limpios, al ser más sensibles a infecciones por falta de una adecuada higiene sexual, así como de abandono de niñas y niños por la posibilidad de consumir agua insalubre o enfermarse en instituciones educativas sin adecuadas instalaciones sanitarias, así como la importancia de enseñarles sobre la relación la higiene y la salud en las aulas.
Problemas acumulados
En Venezuela la gestión del agua tuvo un exitoso ejemplo comunitario con las Mesas de Agua que adelantó Aristóbulo Istúriz cuando fue alcalde de Caracas. Las averías eran solucionadas rápidamente con información vecinal para mejorar la distribución de la misma. Esto fue replicado más tarde por el gobierno de Hugo Chávez. Dentro de la exhibición de logros se incluyó el haber aumentado el acceso al agua hasta un 98%.
Ahora las obras de envergadura como Tuy IV –que se empezó a construir en 1982, acumulando nuevas fechas de finalización con Chávez y Maduro- o el Acueducto Bolivariano en Falcón tienen largos años de retraso, a pesar de los millonarios presupuestos aprobados, consumidos y anunciados. Ahora se hablan de decenas de plantas desalinizadoras en las costas de Venezuela, donde vive la inmensa mayoría de la población. Pero el agua sigue sin llegar, como sucede con la electricidad o el gas doméstico: abundancia de promesas que son aderezadas con denuncias de sabotaje.
La última vez que el Ministerio de Ambiente presentó su memoria y cuenta, en 2015, los avances para potabilizar el río Guaire fueron oficialmente de 0,01% mientras que los técnicos admitían que no había sido El Niño ni el Cambio Climático el responsable sino la falta de repuestos e insumos para acometer las obras públicas necesarias.
Más promesas se suman a la actual crisis del agua. El presidente Nicolás Maduro admitió el 27 de abril que había un problema pero que están trabajando en eso, a pesar que las causas estructurales no han sido atendidas. Sólo anunció que intervendría la empresa pública Aguas de Mérida.
Lo mismo pasó cuando un derrame petrolero contaminó las aguas del río Guarapiche en Maturín. Entonces Eulogio del Pino, hoy encarcelado, exhibió un vaso de agua turbia que bebió para demostrar que estaba limpia, mientras que el alcalde se rebeló para decir que no se había restituido el servicio, sino que estaban paleando con decenas de cisternas que eran insuficientes. Se arrepintió cuando llegaron las acusaciones políticas desde el Ejecutivo.
La guerra del agua, esa que se ha anunciado para un futuro post-petrolero en la que las grandes potencias tratarían de controlar las inmensas reservas naturales existentes en Latinoamérica, parece que también la perdió Maduro, justo junto a la guerra económica, la cual promete –de nuevo- derrotar tras las presidenciales del 20 de mayo. Hoy, seguimos en escasez múltiple.

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