30 mayo 2011

Nuestro mejor destino posible (el mestizaje como identidad)

Venezuela es una maravilla. Un país inmenso obsequiado por la Naturaleza, desde el oro y diamantes que guarda la tierra, sus infinitas costas caribeñas, su tierra fértil hasta la exuberancia, su territorio amplio lleno de sol, agua, montañas, llanuras, desierto, valles y exótica flora y fauna. Eso lo tenemos regalado. Nacer aquí tiene que obedecer a algún premio de otra vida, así mismo como debe implicar un karma implícito, porque tampoco es una panacea, una salvación, una papaya, una manguangua.

También tenemos el gen de nuestros indígenas, que conocidos como nómadas y recolectores, no vivían por aquí, sino que desde Colombia, Brasil, Perú, Centroamérica y a veces más lejos, según las vasijas caribes encontradas en excavaciones arqueológicas, venían a esta Tierra de Gracia a vacacionar. Esos movimientos, que algunos pocos detenían para montar la churuata, fue la razón del chichorro, un descanso eterno, o como lo dice Lauréano Márquez, un cansacion histórico. Es que aquí se venía a pescar, comer sabroso, disfrutar del sol y como solemos decir: pa´trás.

Luego llegaron españoles y africanos, extranjeros por excelencia. Gente que ni conocía por aquí, ni sabía que esto existía y toda la vida la pasaron viendo hacia el mar, hacia allá, vámonos. Por eso el negro se quedó en la Costa, o se concentró en sus comunidades, y le puso color, tambor y fuego a su entorno, sabiéndose ajeno dentro de un territorio parecido pero no igualito. Conoció al indígena y aprendió a vivir el día a día y ya no recordó que era africano -como los que inventaron el blues en Norteamérica o los rastas de Jamaica-, y que se podía vivir de pescar y bailar. ¡Pero cómo hemos aprendido de todo eso! Mira esas caderas, mira cómo resolvemos en la adversidad y qué ritmo y colorido le hemos añadido a nuestras vidas.

Y el español, así como otras menores colonias europeas, porque nos tocaron los 40 bandoleros más malos que la reina Isabel de Castilla quiso darle a Colón, nos trajeron ese resentimiento macerado y los vicios del abuso sexual, la violencia y el desprecio entre humanos, y más tarde los supuestos letrados también exportaron, a cambio de oro y perlas, la burocracia, el clasismo, la hipocrecía social y la corrupción, junto con los valses, la ropa elegante, la sensación del momento y la organización política-administrativa de la España conquistada a patadas y obligación, de una nación dividia por regiones, idiomas y costumbres, pero que nos vendían con el imperialismo de Castilla-León.

Por eso es que el venezolano se la pasa diciendo: "en otros países las cosas son distintas". Por esa añoranza genética de no pertenecer, de estar de visita, de no querer decirle Welcome al que viene, de empuñar el cuatro y beber ron en días laborables, de gozar y esperar los puentes, de dejarlo para mañana, de querer siempre viajar y vacacionar, de regresarse a quién sabe dónde, porque aquí no es la cosa. Porque la nieve, desierto y volcán también existen en otro lado. Un venezolano cosmopolita, que dice que no quiere irse pero no sabe cómo quere al país, y como hacerle esa nación arrechísima con la que hemos soñado, pero a la que queremos llegar sin andar 40 años por el desierto.

Así, entendidos ahora como una hallaca, que nos une en diciembre, nos divide en medición de sabrosura y maternidad, en ingredientes según lo geográfico, en los regionalismos potentes heredados de los españoles, en el plato temporal indígena de la hoja de plátano y la mezcla de ingredientes que resolvían las negras tras las fiestas de los niños patronos con sus amigotes europeos, tenemos una fórmula para reinventarnos. No pretendo aquí resumir, banalizar ni minimizar los aportes de cada raza, de cada mezcla, de cada cultura, sino esbozar un pequeño plano de reflexión sobre lo que somos y dónde podemos, queriendo, ir, pensándonos como individuos particulares de un colectivo único. Venezuela.

Saber quién es el venezolano es entender cómo un maracucho y un llanero, un andino y un oriental pueden ir, cada quién en lo suyo, junto a los más cercanos, claros en sus objetivos y sacando la cuenta al final del día de los logros, podemos ir al mejor destino posible, una Venezuela que no nos lleve sino que sea ese país soñado al que queremos sacarle punta, gozar todos y vivir bien. Un país de turismo que tambien nos permita reírnos a todos. Un país de gente que resuelve, inventa e innova, porque es más fácil, rápido y barato que hacer todo el trámite de esperar a otros o traerlo de lejos. Un país que toma sus ventajas geográficas y naturales para comer mejor, para respirar profundo y brillar de energía.

Encontrar, cada quien, a diario y a la larga, esa solución que se parezca cada vez más a quienes somos nosotros.

1 comentario:

  1. Jeanfreddy,
    Me encantó este escrito, primero porque la redacción es muy sabrosa, muy fácil de leer, muy tú (y si, escucho tu voz cuando leo lo que escribes)
    Luego el analisis es preciso, sin perder lo grato y lo humano. Lo encuentro muy cierto, asi con nuestras contradicciones, con nuestros pros y contras.
    Finalmente, y eso me agradó de manera personal, me parece un homenaje a los ancestros, de esos que tanto hablamos en constelaciones familiares.
    Te felicito negro, me encanta cuando escribes así!

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