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28 mayo 2019

Adiós, zapatico cochinito, en Invítalo a comer

Todo empezó con un tuit de @alexval diciendo que tenía como dos años que no se compraba zapatos nuevos. Y el ofrecimiento amable de Amanda Rezende, una venezolana en Nueva York, de comprárselos. Y entonces inició la magia,co un gesto generosa de total desprendimiento.

Alex -a quien conocí en Valencia hace muchísimo, cuando éramos blogueros frenéticos y mantenemos contacto por Twitter- le dijo que mucho mejor sería comprarle ese par a uno de los niños que ayudábamos con "InvítaloAComer". Amanda aceptó el reto, me contactó, leyó sobre lo que hacíamos y se contagió de las sonrisas de los niños de "la escuela más bonita del mundo" junto a su esposo y su mamá.

Así el primer par se convirtió en dos, se multiplicaron en cuatro y llegaron hasta una docena. El corazón y los ojos se me salían con cada mensaje diciéndome que habían comprado más, que 6, 8, ¡12 niños! de San Vicente iban a estrenar zapatos nuevos. En marzo les habíamos podido cambiar los súper dañados zapatos de varios por unos usados en buen estado gracias a donaciones recolectadas por Silvia Garcia, causando alegrías y alivio.

Ahora eran seis niñas y seis niños a quienes les daríamos una alegría escasa en la comunidad Juana La Avanzadora, una invasión de viviendas de madera, zinc y latón, sin asfaltado, donde se encuentra el oasis llamado UE Padre Juan José Zugarramurdi de Fe y Alegría, en el Viñedo II.

El difícil rol de elegir a quienes les probaríamos los zapatos se los dejamos a las maestras de sexto, quinto y cuarto grado, quienes nos enviarían a los 12 con mayores necesidades. Unas segundas madres quienes los conocen mejor, los aconsejan y los forman.

Solo elegí a una, la niña que verán en ropa civil y unas muy gastadas sandalias, que había faltado ese día a clases porque su mamá no había podido lavarle el uniforme por falta de jabón y agua en la comunidad.

Bajaron de sus aulas sin saber qué esperar, frente a la puerta de la dirección le decíamos que habían sido seleccionado para una vacuna inyectada. Sus sus rostros pasaban del miedo nervioso por la inesperada medida médica a una alegría sorpresiva, que los dejaba sin palabras, abrazándonos con ternura.

Estaban tan emocionados que hubo que explicarles que la idea era que se los llevaran puestos. Que debían explicarle a sus mamás que se los habían dado en la escuela. Que explicaran su origen. Salían agradecidos y alegres, las maestras y sus compañeros les gritaban: "eeeeeeeso" y los abrazaban, felicitándolos. Tener algo nuevo es realmente poco común. En la escuela regalamos decenas de cepillos dentales a niños de 5to y 6to grados que siempre lo habían compartido con su mamá.

Un poco más difícil fue ver el rostro de niñas y niños a quienes los zapatos les apretaban o les quedaban demasiado grandes. Y eso que hacíamos concesiones para el crecimiento. Se quedaban viendo los zapatos, preguntando si volveríamos pronto con más. Otros más nos preguntaron luego si no habían quedado uno para él o ella. Niños siendo niños, pero a quienes les tuvimos que tratar de responder con la mayor amabilidad y comprensión que cada vez lográbamos ayudar a unos, tratando de abarcarlos a todos.

Hubo un compromiso colectivo: los zapatos son para ir a la escuela, jamás para dejarlos en casa. Y los compañeros estarían vigilantes.
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22 febrero 2019

Mi profesora hippie de química de los 90 se convirtió en viceministra de Maduro


Se llama Yoama Belinda Paredes Doménico y me dio clases de química en noveno grado. La recuerdo como una mujer hippie, con ropa ancha que permitía ver que no se rasuraba las axilas y sumamente dócil para los demoníacos espíritus adolescentes que habitábamos el salón de clases de 9no sección B del colegio San José de los Hermanos Maristas en Maracay durante el año escolar 1991-92.

Ante nuestro mal comportamiento, usual para la edad, ella repetía que no ponía negativos ni notas disciplinarias en la carpeta. Decía en cambio que "creía en el ser humano". Ella quería decir que nos tenía fe que tomaríamos las mejores decisiones. Mi compañero y colega Luis Ugueto no sólo recordaba que era "acuariana" (por la Gran Fraternindad Universal de El Limón, no el signo zodiacal), sino que incluso la rastreó como exviceministra de Educación de Maduro.

Pude encontrar mucho más. Por la resolución No. 230 del 25 de marzo de 2002 nuestra profe Yoama, que advertía que no tomáramos refresco con agua porque se creaba un ácido que carcomía las paredes del estómago, fue nombrada Directora de Currículum del Ministerio de Educación. Lo firmaba Hugo Chávez.

Siguió su carrera en la burocracia educativa. El 28 de diciembre de 2004 pasó a ser la Directora de Programas Educativos del Consejo Directivo de la Fundación Misión Ribas hasta el 6 de julio de 2010 cuando fue nombrada Directora Encargada de la Zona Educativa del estado Aragua.

Y partir del 2 febrero de 2016 se convirtió en la Viceministra de Educación, donde mi colega la encontró. Ya tenía dos años como jubilada del Ministerio de Educación, lo que me causó curiosidad porque era de las profesoras más jóvenes que nos tocaron aunque se ve mucho mayor ahora. Pude rastrear a dos hermanos, Ulises Maracay y Héctor Eduardo, pero de ella no pude conseguir su fecha de nacimiento ni datos del Seguro Social.

En diciembre de 2016 le dijo a Maripili Hernández en su programa de Unión Radio: “Queremos generar una cultura escolar distinta a la que nosotros heredamos de las viejas lógicas, en la que currículo es todo lo que tiene nota y sale en un programa”.

Es decir, que nos tenían que enseñar temas que no se evaluaran pero además que no estuvieran estipulados en ningún lado. Una especie de cátedra libre universitaria con disertación filosófica que no fuese para el examen. Los griegos, pues, pero con profesores mal pagados. Aunque ella ahonda en un concepto válido, lo que se aprende no es sólo dentro del salón de clases. Ella fue entrevistada ante la polémica de la eliminación de materias en el liceo, algunas importantes como biología y química, materias que ella dio en nuestro colegio San José en los 90.

"Quisimos ser consecuentes con lo que es la concepción integrada e integral todas las áreas de formación comunes", dijo al respecto. Y tenía sus buenas razones nuestra estimada profe, que no le importaba que entregáramos las tareas igualitas, copiadas, y era buenísima en Química. “La nota jamás refleja aprendizajes; hay personas de 20 puntos que fracasan en la universidad, y personas de 10 puntos que hacen proyectos. La evaluación debe estar centrada en procesos y resultados, menos tarea en la casa y más tiempo en su área de formación y en los grupos estables”.

Los Grupos Estables son, a la práctica, algo que fastidia muchísimo a los chamos ahora y que tratan de evitar con una carta que les permita seguir yendo a sus clases de fútbol, kárate o música en la tarde. Sin embargo, para quienes sus padres no tienen dedicación, tiempo, energía o dinero, está bien aunque es tiempo extra en la tarde. A veces después de mediodía.

Ella abogaba en la radio además por una "educación más humana" con menos competetividad y menos horas de clases para los profesores sino más para acompañamiento, el seguimiento y la comunicación con la familia. Conceptualmente interesante, una escuela como las de Finlandia, pero difícil de trasladar a cualquier otro país que no tenga sus mismas características, exigencias académicas y recompensas económicas para los docentes. En realidad, los profesores y los pedagógicos universitarios en Venezuela son los mismos de antes, por lo que usted ha visto que en los liceos no hay cambios sustanciales.

Yoama nos reniega. En su LinkedIn sólo dice que ha trabajado en el liceo de Guasimal, una urbanización de Misión Vivienda en Maracay. Y en su cuenta de Twitter @redbolivmujeres sólo da RT salvo algunos mensajes feministas contra la violencia de género. Soñadora y humanista, la recordamos, pero ahora, se describe como "Maestra Ambulante en la Refundación de la República Bolivariana, Socialista y Chavista de Venezuela". Una revolución que nunca terminó de arrancar, de cambiar las cosas de verdad, de empezar rebeliones que nunca cuajaron.

Los compañeros la recuerdan como una de las mejores profesoras, muy conocedora de su materia y una gran persona. Que realmente decía que no nos preocupáramos por la nota sino por aprender y hacer las cosas bien. En eso ha sido consecuente, pero en sus discursos y arengas que se consiguen por Youtube, se escucha alguien muy distinta, con toda la retórica horrible del madurismo.

A ella la sacaron del coroto en el 2018 después que fue candidata a la Asamblea Constituyente por el sector trabajadores en 2017. No fue electa.
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24 enero 2019

Maracay se desbordó el 23 de enero

Después de estacionar el carro en el CC Hiperjumbo, caminamos hacia Parque Aragua para encontrarnos con varios amigos que también se concentrarían allí. Vimos un gentío caminando desde San Jacinto por la Avenida Bolívar. Muchísimo más que el pasado 19 de abril de 2017. Parque Aragua era una zona confusa. Había gente vestida de rojo frente al PSUV que está muy cerca del centro comercial, tráfico normal y poca gente en las aceras. Lo que se veía claramente era un muy nutrido cordón policial que impedía que la marcha saliera, como siempre, por la Avenida Bolívar rumbo a la Plaza Bicenteneria.


La gente había bajado por la Avenida Fuerzas Aéreas tratando de bordear el piquete por calles adyacentes. La policía esperaba de nuevo, impidiendo que nos desviáramos por la Torre Sindoni. Así que hubo que seguir hacia el sur para atravesar el Terminal. No hubo miedo ni intimidación, éramos realmente muchísima gente y nos dio las primeras fotos épicas, pasando por una zona claramente popular. Videos de un río alegre, eufórico y caudaloso de manifestantes pudieron ser tomadas desde la pasarela del Terminal de Maracay.

La ciudad, paralizada comercialmente este 23 de enero, tenía gente caminando desde el norte, el sur, el este y el oeste hacia Parque Aragua. Como salimos una hora antes, motivados por el bloqueo de los antimotines, no paraba de verse gente llegar a toda hora y de todos los lugares. Otro rezagado tomó aquella foto de Maduro y Chávez tapados con una lona en el antiguo Club de Suboficiales de Maracay en La Barraca, entre el Hospital Militar y Parque Aragua.

Bajando polas Fuerzas Aéreas hubo un momento inédito. Justo cuando la marcha llegaba al Cuartel antes del Terminal, llegaba un contingente de motorizados que se habían aglomerado en la pasarela de Mi Arepa. Ese grupo que usualmente era usada para intimidar y disolver manifestaciones, cruzó dirección hacia La Paella Valenciania mientras nosotros bajábamos hacia el Terminal. Nos pasaron por un lado, acompañados por la Policía de Aragua y nosotros a ellos, sin contratiempos, sin golpes, sin gritos. Ya no lograban amilanar.

Caminamos varias cuadras por la Constitución, volviendo a darnos una épica de zonas populares. La gente llamaba a marchar a militares en el techo del Cuartel Páez. Vi dos señoras en sillas de ruedas, otras con bebés y mascotas, muchíismos jóvenes que no se han ido y mucha gente que caminaba sola, con rostro fruncido y energía. Pero hubo mucho alegría y entusiasmo. Hubo que esquivar varias alcantarillas abiertas, que la gente tapó con ramas y basura.

Subimos por la entrada del Centro Comercial Estación Central, pasando por Corpoelec y por una comisaría de policía. Había varios funcionarios de la Dirección de Inteligencia. Algunas personas los reconocían de su comunidad, les daban la mano o los saludaban. Tampoco hubo miedo de caminar por el centro hasta llegar al Museo de Antropología, desbordar entera la Plaza Girardot (subiéndose a la fuente y las rejas), entrar a la Catedral y llenar completa la Plaza Bolívar. Era un gentío, que dio para algunas fotos aéreas que rápidamente fueron viralizadas. La mejor que vi, donde se ve Dorsay rodeado de gentío, fue de Bracamonte para El Periodiquito.

La gente llenó todas las calles de alrededor. La Bolívar se llenó desde el bulevar Pérez Almarza hasta la Plaza Bolívar. En una camioneta estaban también los diputados por Aragua. No supe si hubo Cabildo, porque antes de las 12 ya mucha gente se estaba devolviendo a sus casas en pequeños grupos. Sin embargo, a esa hora vimos que la Policía de Aragua había abierto sus piquetes y seguían caminando con gorras y banderas desde Parque Aragua. A las 12:30 vimos que grupos de chamitos encapuchados subían por la Casanova Godoy y la Sucre hacia Las Delicias, y que la plaza frente a Centro Médico ya había sido tomada por decenas de personas. Nos fuimos.

Pudimos ver hasta pasada la 1 de la tarde gente regresándose hacia el norte, el centro y bien al sur de Maracay, fue emocionante ver gente asistir desde tantos y tan lejanos puntos de Maracay.

Como era de esperarse, luego vecinos de Base Aragua y colegas periodistas contaron de barricadas, disturbios, represión y hasta 22 detenidos al norte de Maracay. Hubo dos heridos con objetos contundentes, porque ya es costumbre que la policía también lance piedras: un joven en una pierna que fue trasladado al Hospital Central y el periodista José Gregorio Moreno, quien fue trasladado al Ambulatorio del Norte. Allí, antes de ser suturado fue abordado por varios civiles sin identificación que exigieron que se borraran las fotos que había tomado su esposa y periodista Andrea Rocha. Dijeronq ue fueron amablemente atendidos por el personal, pero que estos anónimos no los dejaron en paz hasta que se borraran las gráficas.

Maracay se debordó el 23 de enero, retomó la esperanza, también se repitieron incidentes y abusos, pero las calles fueron abarrotadas, con eslóganes como "Muadro, coño de tu madre", "No quiero bono, no quiero Clap, lo que quiero es que se vaya Nicolás" y "Guaidó, presidente, aquí está tu gente".

19 abril 2017

Así vi y viví la marcha del 19 de abril en Maracay

Y aquí una crónica personal sobre la marcha en Maracay. Una camioneta nos llevó desde San Jacinto hasta un poco más allá del CC Global. Gente caminando por las aceras y llegar sorprendidos por el gentío. Reconocer y abrazar a amigos. La marcha que arrancó cerca de las 11 de la mañana desde Parque Aragua -donde confluyeron otras marchas venidas del norte y del sur de Maracay- y la Redoma de la Facultad se exacerbó en alegría durante toda la avenida Bolívar con mucha gente grabando videos y tomando fotografías, había furor, entusiasmo y consignas que apelaban al humor negro así como al reclamo ante los cordones policiales: "¡Nos roban! ¡Nos matan! y ustedes no hacen nada" coreaban unos y otros reían al decir: "¿qué? ¿qué? que se vaya Maduro y su revolución se la meta por el culo". Otro grupo, más atrevido, decía: "No arroz, no hay harina, lo que hay en Miraflores es mucha cocaína". Todo fue así hasta llegar a la Plaza Rotaria (Casa de la Cultura frente a Museo Aeronáutico). Allí la concentración perdió sentido ante la falta de algún dirigente que usara el camión del sonido para dirigirse a los asistentes. O un megáfono, como bien me apuntan. Entonces algunos se acercaron hacia el cordón policial que bloqueaba el acceso hacia el Palacio de Justicia, Alcaldía de Girardot y Gobernación de Aragua. Las oficiales iban adelante, con una cadeneta de brazos. Entonces hubo discusiones entre seguir por allí -"somos más que ellos"- y dirigentes que sufrieron para tratar de contener a la gente. Falta de contenido se palpó allí. A muchos jóvenes que en 2014 vi en resistencia y ahora forman parte de juventudes de partidos los vi esforzarse mucho más después que una cadeneta de mujeres "peinó" a algunos asistentes para quedarse en la plaza. Sin embargo, que la marcha se fuese de regreso a Parque Aragua fue lo que realmente evitó que allí no pasara nada. Algunos querían enfrentarse a los policías. Estaban más que dispuestos. Más tarde, ya en Parque Aragua, pasó algo similar. Alguien, algunos, quién sabe, dirigieron la marcha hacia Base Aragua y la avenida Casanova Godoy por la Fuerzas Aéreas. De nuevo, hizo falta la guía o la compañía del liderazgo político, el megáfono. Ya no estaba el camión del sonido. Lanzaron una lacrimógena y algunos corrieron pero el ánimo general era de persistir, seguir, incluso volver a una zona antes tradicional y ahora vedada: frente al Centro Médico de Maracay. Lo que empezó entonces, cerca de la 1 de la tarde, fue una batalla campal con piedras, trapos encendidos y botellas, lacrimógenas y perdigones, que se extendió hasta después de las 7 de la noche. La Ballena tuvo que retroceder ante la lluvia de piedras y la insistencia de la concurrida protesta, algunos se fueron hacia el estacionamiento del CC Hyper Jumbo (donde también lanzaron bombas) y se empezaron a construir barricadas para impedir el paso de la tanqueta de la GNB que ya había bajado una vez por la Casanova y otra por la Fuerzas Aéreas para tratar de disolver la concentración. Por las redes ya se advertía la presencia de civiles irregulares, algunos con escopetas de perdigones, en la esquina del Hotel Eurobuilding y alrededores. La batalla prosiguió, con un vaivén de manifestantes y policías, con el avance de unos y otros, hasta que hubo -al menos- 17 detenidos según informan abogados y defensores de DDHH. Mientras estuve cerca del lugar vimos una señora y un chamo heridos por pedradas dentro del estacionamiento del centro comercial. El lugar cerró y los vigilantes pedían a la gente salir del lugar. Más tarde vecinos del Luis XV en Base Aragua reportaron que, durante varias ocasiones, civiles y GNB entraron al lugar lanzando piedras, disparando perdigones y atacando vehículos y balcones, con total impunidad. También sucedió en Parque Choroní. Desde los balcones fotografiaron una bomba de humo verde, y un video mostró cómo policías y civiles se intercambiaban las escopetas de perdigones mientras otros mostraron cómo se prepararon (usando taxis sin placas) en los alrededores de la gobernación. Habían chamos preparados para la resistencia, otros fueron espontáneos, hubo gritos contra policías y GNB en las varias instalaciones militares de Maracay durante la marcha, pero hubo un cambio. Cuando se defendían de la represión o simplemente se trató de hacerlos retroceder para que la marcha siguiera, vi que se quedaron con ellos adultos y personas mayores, ayudándolos, apoyándolos y acompañándolos. Una diferencia notable con 2014. Esto los animó, sorprendió, impulsó. Una indignación y una fuerza que se ha esparcido, y aunque sé que quienes se apasionan o van predispuestos, también vi el ánimo de defenderse, de agruparse, de no dejarse más. Eso sí, esta marcha no tenía un fin preciso, no iba a la Defensoría, y creo que lo que parecía reducir el peligro o la conflictividad dejó un vacío difícil de completar. Y debe decirse: los manifestantes aspiran, desean, ¡exigen! que el liderazgo político acompañe y persista con ellos durante toda la jornada.

31 agosto 2015

Yo fui un indocumentado

Entre el 21 de junio de 1999 y enero del 2002 viví sin documentos que me avalaran como residente legal en Europa. Primero lo hice al mudarme a Ámsterdam, Holanda, con casi todos los miembros de mi banda "Mystical Darkness", con las ganas de vivir en un lugar con mejores condiciones para el género musical que practicábamos o esa era la idea. En ese país ya vivían y hacían carrera los paisanos de Agresión y Laberinto. Como las leyes de ese país -al menos entonces- prohibían que te pidieran papeles a menos que te capturaran en un delito de forma "in fraganti", mientras no hicieras nada ilegal, estabas bien. Casi todos trabajábamos en Waterlooplein, un mercado al aire libre, donde también lo hacían muchos "sin papeles". Queda al frente del Concejo Municipal, pero en ese país de tolerancia y que han recibido a tantos foráneos, con sus políticas sobre prostitución, matrimonio igualitario y consumo de drogas suaves, no era tan arduo estar "dentro de la ley".
En el año 2001 decidí mudarme a Barcelona, España, donde las cosas eran muy distintas. Allí vi a africanos dormir en colchones en plazas, larguísimas colas para solicitar permisos temporales e incluso quienes se encerraban en iglesias por pasar muchos años esperando la legalización de su estatus migratorio. Trabajar también era un poco más difícil.
Un día cualquiera, saliendo del Metro, me pidieron el pasaporte en un punto de control policial. Revisaron y no pasó nada. En Navidad, cuando ya tenía mi pasaje para regresar a Venezuela, decidí pasarla con mis amigos que aún vivían en Holanda. De regreso, a 50 metros del apartamento donde vivía en Barcelona, con la nieve encima y muy cansado, se paró una patrulla de policía. Luego supe que buscaban a un ladrón que acababa de ser reportado.
Me pidieron el pasaporte y esta vez lo radiaron. Descubierto, tenía más de 3 meses en el país sin haber salido de sus fronteras. Me detuvieron. Me indignó que me esposaran y les rogué que me dejaran llegar allí, a mi casa, donde mi boleto de avión a Caracas me habría sacado del problema. Me llevaron a la estación, en una zona de la ciudad que no conocía. Me cagué de miedo. Iba a pasar la noche en una celda, para que me viera el juez al día siguiente. Pensaba en las canciones libertarias y las manifestaciones antiglobalización que destrozaron McDonalds y el BBVA de Las Ramblas hace unos meses: "Ningún ser humano es ilegal".
En la estación, pintada por dentro en azul y blanco tan característico, me recibieron dos oficiales femeninas, que dudaron que hubiese cometido un delito. "Es un ilegal", dijo uno de los policías. Me reseñaron, fotografías de frente, de lado, huellas dactilares e interrogatorio. Temblaba. Las oficiales me decían que tenía cara de bebé -imagíname a los 23 años, ¡hace 14!- y que me quedara tranquilo. Pasé un par de horas en una especie de celda de espera. En las paredes leías frases en español, polaco -había aprendido un poco en Holanda- y árabe. Colombia, Perú y Bolivia se leía. Nada de Venezuela encontré. Luego me trasladaron a los calabozos.
Me quitaron la correa, los cordones de los zapatos y los lentes -no usaba de contacto allá-, mi bolso y todo lo que tuviese encima. Uno allí trata de ser todo lo "malote venezolano" que puede ser mientras también pone cara de borrego degollado para evitar que los policías hicieran algo contra ti. Guardaron mis cosas y me escoltaron, con algo de rudeza en el verbo pero sin tocarme un pelo, a buscar una colchoneta y una cobija. Me preguntaron si quería estar solo o acompañado. "'¡Solo, solo!", dije.
Eso no se parecía a nada a lo existe en Venezuela. La celda (pequeña y que me recuerda ahora a lo que he visto en los retenes de Sapanna) tenía cerámica en piso y la mitad de la pared, con una "cama" de concreto. La puerta era electrónica. Entré allí y seguía la "rudeza", que no era más que un mal tono pero ni con un pétalo. Escuchabas gritos de otros detenidos, con más confianza: uno era hasta gracioso y atrevido, pedía cigarrillos y tenía una voz afeminada. Pasé la noche muerto de frío y miedo. Alguien pidió ir al baño, lo sacaron, lo acompañaron a unos baños que tenía al frente, sin puertas, y lo escoltaron de regreso. Yo pedí lo mismo. Parecía algo salvaje para ellos, pero si comparaba con lo que uno imagina o sabe, estaba en un hotel feo. Ni tan feo.
Al día siguiente me anuncian el desayuno. El mismo tono que ya me daba risa: "estos no saben cómo es en Venezuela", pensaba. Lo decía porque muchas veces me requisaron y hasta apuntaron con pistola, a punta de vulgaridades, por tener mi "camisa de mostro" en el centro de Maracay en los 90. La comida era como de avión, venía sellada en un plástico con los logos de la Policía de Barcelona, y no recuerdo qué era, pero pudo haber sido algo así como un croissant con queso. Ambiente familiar. Luego me dijeron algo que regresó el temor: "vas a la celda colectiva hasta que te trasladen". Verga, otros presos.
Entré a una celda similar pero más grande. Había un africano que no quería hablar en una esquina, callado. Ni se movió. Y dos españoles que habían peleado en un bar. No parecían tener mucho miedo y hasta puteaban a los policías por haberlos detenido. Me preguntaron de dónde era: "Venezuela". Se quedaron callados, se apartaron. Hell yeah, pensé. Me salvé, carajo.
Llegó la hora del traslado. De nuevo las terribles esposas, pero me habían regresado todas mis pertenencias, hasta el dinero. Caminar con los otros, sentirse tratado como un delincuente porque no tenía papeles para vivir legalmente en España, donde ya tenía 9 meses. Tres años en Europa. "Yo soy el clandestino, yo soy el quiebra ley", canté en un festival en Holanda un año antes, que cerró Manu Chao.
Viajamos en lo que aquí conocemos como "perreras", esas cavas para llevar a los detenidos. Dentro había de todo, españoles, africanos y latinos. Un español lloraba, no quería ir preso. Otro, de unos 45 años le decía: tranquilo, tenemos comida, un techo seguro y hasta veremos televisión. ¿Así es la cárcel aquí?, pensé Recordé la "desilusión" de los noruegos de bandas de black metal que tampoco se encontraron con maltratos o calabozos lúgubres en su país. Recordé la belleza arquitectónica de la cárcel de Ámsterdam.
Llegamos a los juzgados. De nuevo, varias horas en una celda similar, con puerta electrónica, sin lentes y solo. Ahora, aburrido. No habían celdas colectivas. Al salir, luego de lo que parecía una eternidad, pensé (lo hice demasiado, no había más nada qué hacer) en los peligros del ocio, en lo terrible que puede ser pasar años, incluso en esa "comodidad".
Hicimos una cola, y un juez iba examinando los casos de forma veloz. En mi caso, solo respondí a preguntas para comprobar identidad. "Se le asignará un abogado público", me dijeron. Ya la había conocido en el primer lugar donde estuve detenido. Ella estaba indignada, parecía ser una activista de Derechos Humanos y de inmigrantes. Me dio su tarjeta. Luego del juez, pasé a una sala con alguien que parecía un jefe policial. Me regañó, como un papá. "¿Cómo vas a estar aquí así, porqué no intentaste regularizarte?". La abogada estaba furiosa, gritaba, exigía, peleaba. Me leyeron la ley: "7 años sin poder entrar a España". Al salir, la abogada me dijo que íbamos a juicio para apelar, pedir asilo para mí y demás. Yo no tenía que ir, sino llamarla para preguntar.
Me dejaron salir y me dieron dinero para pagar el pasaje para regresar a mi casa. "Pero si te volvemos a detener, te podrían deportar", me dijo el policía. "El pasaje lo pagará la embajada pero allá serás entregado a las autoridades", él sabía que me metía miedo de esa forma. Pero yo ya tenía mi pasaje, me iba y me fui. Desde entonces vivo en Venezuela, confundido al llegar porque cuando pasó lo que pasó en abril de 2002, no entendía quién era quién en el poder.

Esa experiencia -y no lo que vi en la TV, diga lo oposición o los medios- me permite rechazar el trato indigno que están recibiendo los colombianos en nuestro país, no explica las deportaciones según la propia Ley de Migración y Extranjería de Venezuela, y no resolverá los problemas causados por las distorsiones económicas de control el precio mientras al otro lado de la frontera no hay esos "límites" ni la corrupción necesaria, así como las mafias militares que en Amazonas y Zulia, desde hace años, sacan oro, coltán y gasolina para otros países.

25 noviembre 2014

Batman y Robin atracan en Santa Rita, Maracay

Con esta crónica me gané el II Concurso de Crónicas de la Universidad Bicentenaria de Aragua, núcleo Turmero, mientras era estudiante en 2008. Se basó en un informe policial que llegó a mis manos. Todos los datos son fidedignos, incluido el apellido del personaje principal, según revela una búsqueda en el CNE que posee a muchos más ciudadanos de origen árabe en el país que lo comparten.

Ariagnys Aguilarte tiene 19 años. Conoce muy bien a Francisco de Miranda, el barrio donde vive y trabaja. Cuando camina por las calles, se sabe de memoria los huecos de las aceras, los lugarcitos para meter el papelito entre rejas y postes de luz, las paradas de autobús con menos gente y cómo encontrar una tarjetica telefónica cuando en todas las panaderías le dicen que el muchacho de Movistar no ha venido.

Ella también se conoce a los bichitos de su comunidad. El vecino que se ha dedicado a protestar y trabajar por el barrio toda la vida, el viejito loco que se la pasa borracho y las más chismosas de cada cuadra. Conoce de héroes y tragedias y hasta de superhéroes, pero ese día no hay nada que le arruine la sonrisa, el cabello y las esperanzas.

Hoy hasta les tira un beso a los mecánicos que le han dicho piropos ginecológicos, salta un charco, lleno de papeles de helados, con gozo inexplicable y se mira en el vidrio de la puerta de una camión de patilla que está parado en frente a un negocio donde venden DVDs y televisores.

Ariagnys trabaja en un Centro de Comunicaciones en el Centro Comercial La Entrada, en la Avenida Generalísimo Francisco de Miranda en Santa Rita, estado Aragua. La siempre transitada vía la conocen los vecinos como Avenida Llano Largo. Es más corto y así no se confunden.

Hoy es 30 de mayo, viernes y día de cobro. Las farmacias, el restaurante, la cauchera y la venta de repuestos que están cerca de su trabajo, están llenas de gente. Hoy ha salido más temprano de su casa para llegar, le han dicho más y peores piropos y tiene ya varios mensajitos de texto preguntándole si mañana va a pagar el perfume que pidió por catálogo.

Aún así, Ariagnys cuenta las horas para salir del trabajo. Al día siguiente cumple 20 años.

La tarde trae lo de siempre: gente sin sencillo, llamadas que no caen, las que nadie hizo, cuentas por cobrar, espérame un momento que ya te traigo el dinerito y esperas porque la gente quiere hablar privadamente, dentro de una cabina. Pero ella sólo piensa en que su cumpleaños hace mucho tiempo que no caía sábado.

Cerca de las 4 de la tarde, entran dos hombres al local. Ambos son delgados. Uno es moreno, de cabello crespo y negro, con un pantalón marrón con degradados y una franela azul. Trae un bolso Converse azul con rayas. El otro es blanco, cabello liso, es más pequeño. Tiene cara de chamito. Carga una bermudas playera blanca con estampados, y una franela verde.

Ella conoce al mayor, su papá es árabe y lo tienen chalequeado en el barrio por su apellido, pero ella no se acuerda. Se muerde el labio al verlo afuera, frente al negocio, tratando de recordar y seguir disfrutando su tarde del viernes. ¿Será Ángulo?, piensa ella riéndose y se voltea a recoger un papel que se le cayó.

Al entrar, los dos hombres sacan sendas armas de fuego y apuntan a Ariagnys. No es una acción con cualquier pistolita de juguete y mucho guáramo, son unas “hierros” con historia. Una Jennings Fire Arms Brico y una Smith Swesson 9 mm, ambas solicitadas por el CICPC desde el 2006 por hurto genérico común en San Juan de los Morros y Maracay. Unas bichas buscadas por la policía.

Los asaltantes quieren todo: efectivo, celulares y hasta saldo. Cargan con 427 bolívares en billetes, 11 teléfonos nuevos y 13 tarjetas prepago con 215 bolívares en mensajitos y llamadas. El mayor de los dos, tiene 21 años y se llama Christopher Bachir Batman Castillo, según certifica el CNE, el cual también registra que Superman vota en Venezuela.

Menos mal que Ariagnys sigue sin recordar el apellido del tipo en medio del susto de tener las dos pistolas en el rostro y la rabia de arruinarle la víspera cumpleañera. Ella tiene miedo, quiere dejar atrás los dieci, quiere vivir para contarlo.

Según vecinos de la zona, Batman no tiene necesidad de delinquir, pero está metido en varias cosas raras. Su “Robin” tiene apenas 16 años. Los dos viven en el Sector Las Malvinas del barrio Camburito, también en Santa Rita. Son vecinos. No muy buenos

No hay cámaras, no hay gente entrando ni saliendo del local, pero hay testigos.

Dos personas más han visto lo que sucede. Alirio Lizardo es un cliente del Centro de Comunicaciones y se escondió dentro de una cabina telefónica cuando escuchó lo que pasaba. Ha llamado a la policía desde allí, tratando de no hacer ruido. Freddy Díaz, es un vigilante privado de la zona y ha salido corriendo a buscar ayuda, gritando por la calle que hay un atraco en el local.

En la esquina que se forma con la calle San Yeli Peña, donde está la Panadería La Caridad y un puestito de alquiler de teléfonos, se encuentran tres oficiales de inteligencia de la Policía de Aragua en una patrulla camuflada de taxi. Ellos visten de civil pero cargan las chapas dentro de la camisa. Uno está comprándose una malta, otro llamando por teléfono. El tercero está dentro del automóvil. La mayoría de los malandros ya las conocen y no se confían, pero así es el procedimiento.

Al escuchar la alerta del vigilante, se dirigen inmediatamente hasta el local, empuñando sus armas de reglamento, encontrándose con Batman y su compañero, quienes trataban de escapar. Ante la inesperada comitiva, hubo un intercambio de disparos, y los antisociales volvieron al Centro de Comunicaciones, tomándola como refugio y de rehén a Ariagnys.

También se disparan insultos y amenazas: ¡sal de esa mierda, marico! Arranquen de aquí, pacos mamaguevos.

La Baticueva nunca había parecido tan fuera de la ley como ahora. Batman se enconcha. Robin se arruga y Ariagnys quiere su feliz cumpleaños.

Es hora de negociar, de parlamentar. Vamos a hablar, pues. El Sargento Argenio Pinto trata de dialogar con los ahora secuestradores. La cosa se les agrava legalmente, les dice. Privación ilegítima de libertad. Batman y el chamito le dicen que entre al local, pero desarmado. Pinto entrega visiblemente su arma e ingresa al Centro de Comunicaciones. Sus compañeros se quedan en los alrededores, preparados para todo y llamando a los refuerzos. Son las 4:50 de la tarde. El viernes se enciende.

Dentro, el oficial trata de convencer a los asaltantes a entregarse, tratando de calmar a Batman, que se encontraba muy nervioso y apuntaba con su pistola a la cabeza de Ariagnys, que comienza a llorar mientras piensa que no soplará las velitas mañana.

Llegan 4 patrullas que bloquean el paso entre las calles Da Marzo y San Yeli Peña, que hacen esquina con la Avenida e impiden el paso de curiosos, que se amontonan. 3 agentes más se acercan al Centro Comercial y apuntan hacia adentro. Uno lo tiene en la mira. Un tiro limpio, en la frente de Batman, como en las películas. Sólo espera por la orden del Inspector Solórzano.

En ese momento, el adolescente, más asustado, entrega el arma y empieza a insistirle a Batman para que haga lo mismo, diciéndole que arriesgaban la vida sin necesidad. Nos van a matar, pajuo. Nadie sale del local. Batman insiste en que no se entregará ni lo sacarán vivo de allí. Un tipo como él no puede ir preso. El chamo insiste y se acerca al policía, que lo mira con el rabo del ojo.

Batman hace peticiones: quiere hablar con su mamá y con su novia. Parece que baja la guardia pero lo que quiere es despedirse de ellas porque no piensa entregarse. Con los riales o muerto, le dice a Pinto. El policía ve una oportunidad y le presta su celular. Batman habla con su mamá, la señora Alida. Luego, llama a su novia. Ella le dice que está en la esquina, junto al puesto de teléfonos. No la dejan pasar aunque les dijo quien era a los policías.

Él dice que la ama, pero no se va a entregar, que gracias por todo. Ella parece hablar muy fuerte por el teléfono. Informan por la radio al sargento que hay una chama que está histérica en el cordón policial, gritando por teléfono y pidiendo entrar para convencerlos de entregarse.

Mientras habla, Batman parece perder súperpoderes. Como usaba uno de sus brazos para retener a Arisgnys, la otra mano sostenía el celular y la pistola al mismo tiempo, dejando el arma guindando, ya no apuntaba a la rehén sino podía dispararse para cualquier lado. El ojo del agente lo apunta directamente. Solórzano le bajo el brazo. ¡Puedes matar a la jeva, guevón!

Hablan muchísimo. Batman abraza su botín. El adolescente está callado. Pinto está esperando. La gente chismea afuera. Es quincena, y viernes, mañana cumple Ariagnys, 20 años.

La novia lo convence. Batman se va a entregar, todo va a salir bien.

Uno de los efectivos va en busca del taxi/patrulla. Lo maneja en retroceso por la calle que está bloqueada y da la vuelta frente a la entrada del Centro Comercial que da al Centro de Comunicaciones. Batman suelta la pistola y libera a Ariagnys. Otro policía entra. Esposan a ambos delincuentes y se los llevan por una calle adyacente hasta el Comando Central “Antonio José de Sucre”, en la Avenida Constitución.

Toman las declaraciones del cliente que estaba escondido dentro de una cabina, del vigilante que salió gritando y de la ahora liberada encargada.

A salvo de Batman, el día siguiente, Arignys celebró su cumpleaños.