En las redes sociales cualquier debate es polarizante. Y el algoritmo es perversamente provocador.
Debatir si la latinidad es caribeña, amazónica, andina y/o sureña, según ciudad, país e incluso persona, deriva en ataques, insultos y lo peor: suposiciones.
No hay grises.
Entonces a pesar de las Miles de opiniones, te aparecen las más rabiosas: los que detestan o se ofenden porque se generaliza lo latino como caribeño.
Los que gritan que los demás son aburridos, grises, apagados, envidiosos, tontos.
Aquellos insultos más creativos o hirientes.
Lo que vemos es lo que el algoritmo sabe que nos hace crisparnos, burlarnos, discutir o compartir más. Lo extremo.
Claro, es más fácil ser políticamente incorrecto y pasarse la ética por el Arco del Triunfo en línea, más desde el anonimato o una cuenta privada, pero no es exclusivo ni es el único problema.
Es la cultura del linchamiento. Unos hablan de generaciones delicadas o endurecidas, para lo bueno y lo malo. Algunos muy insensibles, otros demasiado sensibles.
Debemos hablar entonces de prejuicios, guerras culturales, populismo y teorías de conspiración, y cómo tantos creemos que no son opiniones sino hechos. Y ya ves, nos desviamos de hablar de Bad Bunny.
