27 diciembre 2018

Duendes, cine de los 70 y metal primitivo, en un circo infernal, así es Scenes from Hell de Sigh

Scenes from hell (2010), el octavo disco de Sigh, es una producción extraña, sin ataduras a su propia historia de rareza experimental y que no teme mostrar el choque de occidente y oriente de forma inusual. Cierra la puerta, que no habrá piedad en lo que podemos probar, más allá de las etiquetas del metal.






Trompetas, saxofones, trombones, cornos y oboes junto a orquestaciones de cuerdas que recuerdan a bandas sonoras de la televisión o películas de terror de los 70, una percusión de rock and roll con un sonido thrash y un interesante intercambio sónico y melódico. Los arreglos acústicos están a todo volumen, variando entre arreglos de sonidos de folk europeo a composiciones clásicas y televisión policiaca, a veces exageradas, que cubren a guitarras primitivas, como el primer death-doom a lo Unleashed, a veces con poca distorsión e incluso a veces meras acompañantes rítmicos.

Golpes, cortes, cambios. No es progresivo lo que hace Sigh en este disco como en otras producciones. No hay sucesivos ni rápidos cambios de género, acordes y tiempos complejos, esa no es la receta. Más bien es un compendio de variaciones melódicas de un tema central repetitivo que va en crescendo, casi galopando, elevándose hasta un climax extraño que explota para una risotada del compositor más oscuro de Japón, que usa todo lo que tiene a su mano para componer sin dejar de gritar demoníacamente.

Es difícil encontrar un momento para definir este disco. Aunque veces hay un poco más de ese circus-metal-ópera de The Arcturus y black metal sinfónico francés en trozos más largos sin instrumentos de vientos, son las texturas sónicas el ingrediente preponderante. Los mismos acordes que podrían ser góticos tienen sonoridades alegres que los hacen sonar como música gitanas, pareciendo casi una parodia, pero la vocalización férrea y oscura no deja espacio para esa duda. No es sátira, es un collage atronador.

Así que esto no es el Quintassence de Borknagar, que aspira a ser algo sumamente innovador, rompedor, state-of-the-art, sino una explosión de la psique. Me hace pensar en la unión de dos ríos que se rehúsan a ceder espacio al agua ajena en el nuevo torrente. Así que los gritos agudos no ceden en casi ningún momento, ni tampoco la dura y rápida batería con sonido del St Anger de Metallica, ni siquiera cuando teclas y vientos invaden con mayor volumen, sonando como en peligrosa persecución policial y claro, menos cuando parece hablar de dragones y batallas, casi deseando ahogar esa malvada guitarra de Mirai Kawashima, que enreda todo cuando no ya casi entiendes que se trata de duendes delincuentes en carrozas de caballos marcianos que huyen con el botín de rebeldes inspectores bigotudos con armaduras medievales en medio del polvoriento medio-oeste norteamericano.

Así que creo que esto es psicodelia black metal como Nachtmystium pero con humor negro. Me hace recordar a esas bandas electrónicas noventeras que yuxtaponían muchísimas capas de samples en una especie de collage sónico casi psiquiátrico que se alimentaba de todo, desde grabaciones lo-fi en cassettes hasta películas en blanco y negro pasando por sonidos incidentales industriales o computacionales. Pero Sigh es un hijo demente de un padre metalero que está viendo películas de Tarantino y de época medieval que está rescatando sus vinilos de country y folk norteamericano, usando tanto su computadora como su amplificador para hacer canciones que permitan resumir todo lo que le gusta, usando además instrumentos japoneses, violines y acordiones.

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